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14 ago 2014

"El Dosel de la Selva de Cemento"

En la segunda mitad de los años ochenta, yo era asiduo televidente de una serie de documentales de naturalismo llamado Expedición, los cuales se transmitían en el desaparecido canal RCTV en Venezuela. En sus capítulos además de pasearse por la fabulosa geografía de mi país (Venezuela), se presentaba toda una exposición científica acerca de la fauna, flora, así como también se mostraban los primeros pasos de lo que posteriormente conoceríamos como Eco - Turismo.    
En varios episodios de esta serie, un grupo de biólogos explicaban que el bosque lluvioso tenía varios hábitats: El Suelo, Arbustos, el Sotobosque (árboles de mediana altura), el Dosel (las copas de los árboles predominantes en población) y el Nivel Emergente (árboles aislados que sobresalen por encima del nivel del dosel). Dicha clasificación dependerá siempre de la altura de los árboles y de la cantidad de luz solar y agua de lluvia que reciban las plantas, al igual que los diferentes seres vivos que viven en esos ecosistemas. Para poder ser más didácticos, mostraban un gráfico con líneas horizontales que atravesaban un gran árbol de aproximadamente 40 metros de alto, formando franjas con diferentes nombres:


Hace poco tiempo, al pasar una temporada por la ciudad de Caracas (capital de Venezuela), recordé esos maravillosos capítulos que marcaron mi infancia y pre – adolescencia, mientras me deleitaba, tarde tras tarde, durante dos semanas, con un simpático grupo de guacamayas que escandalosamente se agrupaban en las cercanías del piso 13 del edificio donde me estaba hospedando.  Recordé, igualmente que siempre me llamó la atención la cantidad de loros que pernoctaban en calles tan transitadas y bulliciosas como en Las Mercedes e incluso en Autopistas como la Francisco Fajardo en la citada ciudad, siempre coexistiendo con humanos, en casi completa y mutua  indiferencia. 





Durante esas semanas, las guacamayas me visitaron a primera hora en la mañana y al final de la tarde. Cada vez que las escuchaba, corría a tomarles fotos, siempre dejando mi cámara con su lente 70-300 mm lista para lograr captarlas en el momento en que llegaban a los balcones de los vecinos o a las copas de los árboles, pero éstas eran esquivas, la mayoría de las veces, a mi lente.  Hasta que un día decidieron retozar sobre una antena de tv de un edificio continuo. 

Aproveché la ocasión y comencé a capturar escenas de la socialización entre ellas ( se acicalaban  mutuamente y hasta parecían conversar acerca del final de su jornada, incluso con acaloradas discusiones).

Mientras yo ajustaba la exposición de mi cámara, y tomaba algunas tomas de prueba, luchando contra la poca iluminación del ambiente nublado, las curiosas cotorras se sintieron realmente intrigadas por esa luz que salía de mi cámara (flash), luego de varias fotos, su curiosidad se hizo insoportable y decidieron enviar a dos representantes directamente a mi ventana, para ver más de cerca ese extraño artefacto, el cual emitía tan peculiar luz.


Me imagino que para ellas, la sensación ha debido ser, como para los humanos la visualización de un objeto volador no identificado, O.V.N.I (según sus siglas).  La verdad que me tomó de sorpresa ver como se acercaban, volando rápidamente y de frente a mi cámara, de manera intempestiva, razón por la cual, no pude ni siquiera enfocar mi lente para captar tan apreciado momento. 


En ese instante mi corazón latía con fuerza y la adrenalina corría por mi cuerpo como lava ardiente. Las guacamayas mientras tanto, decidieron vigilarme, posadas cómodamente, sobre el aire acondicionado del piso superior, yo comencé a sonreírles y a la vez, de manera jocosa, traté de imitar su idioma. Al poco tiempo perdieron su interés por mi y mi cámara, devolviéndose al edificio vecino, para posteriormente digerir las pequeñas piedras del maltrecho friso, haciendo por instinto, lo mismo que sus hermanas en la selva (comen piedras y grava para desintoxicarse de frutas ligeramente venenosas). 


Los días posteriores pude tomar otras fotos de las guacamayas y compartirlas en las redes sociales, y así fue como me enteré, que dichas aves eran ya famosas, no sólo en la urbanización donde yo estaba, sino por distintos lugares de Caracas, donde  muchos de sus pobladores les daban alimentos mientras se regocijaban con sus visitas. 
Descubrí también que su presencia era atribuida, principalmente a un inmigrante italiano, de nombre Victor Poggi, quien motivado por su amor a las guacamayas, las comenzó a criar y a liberar desde los años setenta en Caracas.
Al pasar los días, ya terminando mi estadía en Caracas, mientras caminaba en la calle, rumbo a un centro comercial, escuché la estruendosa llegada de las guacamayas, inmediatamente alcé mi mirada y pude ver a estas hermosas aves, automáticamente, apareció una sonrisa cómplice en mi rostro, luego al bajar mis ojos me di cuenta como  las personas estaban totalmente inmersas en sus pensamientos y su cotidianidad ignorando, lo que ocurría justo encima de sus propias cabezas. A las aves, por cierto, tampoco les interesaba mucho lo que ocurría debajo de la seguridad de las copas de los árboles.



En ese momento volví a recordar esa serie de documentales de tv, mencionado al comienzo y que tanto me gustaba, dándome  cuenta, que también en la selva de cemento, existen varios hábitats, dependiendo de la altura, no sólo de sus árboles, sino también de sus edificios, siendo las guacamayas, alegres ciudadanos de su dosel, mientras nosotros somos los habitantes del estresante sotobosque metropolitano.
Juan Carlos Trujillo M.
Nota: Si desean ver los relatos de las personas que reciben las visitas diarias de estas maravillosas guacamayas, los invito a visitar un grupo de Facebook, llamado Guacamayas en Caracas: https://www.facebook.com/groups/32118994540/?fref=ts

14 ene 2014

"Una Imagen = Una Luz Refulgente para la Posteridad"

Una vez escuché una frase que me hizo reflexionar profundamente, tanto, que no recuerdo la persona, ni el momento en que la escuché, sólo se grabaron las palabras en mi mente: “Las personas somos como estrellas, una vez que se apaga nuestra luz, la misma sigue refulgente durante años, gracias al recuerdo de aquellos que nos conocieron”. Eso es una gran verdad, y en esa tarea de mantener nuestra luz o la de nuestros seres queridos, la pintura y la fotografía han sido de mucha ayuda.  Yo en lo personal, poseo una colección de fotos familiares, en la que hay antepasados que ni siquiera mis abuelos conocieron.
Hace unos años hice un árbol genealógico en Internet y en él agregué las fotos de los miembros de mi familia, valiéndome de mi extensa colección, sin embargo, en muchos casos fue imposible conseguir los retratos de algunos familiares, ni siquiera con la colaboración de descendientes directos, en pocas palabras, la luz de su imagen se apagó para siempre.

En la antigüedad, los retratos eran un lujo exclusivo de familias pudientes y de las realezas, los cuales contrataban a pintores de renombre para poder plasmar para la posteridad, sus imágenes de la mejor manera, es decir, con sus mejores galas y joyas, incluso con poses estoicas o heroicas, según fuese el caso. Sin embargo, luego de la aparición de la fotografía, en la segunda mitad del Siglo XIX, el deseo de retratarse, se hizo más accesible para las clases menos pudientes. Esa necesidad de documentar la vida diaria, así como los rostros (propios y de seres queridos) fue creciendo de manera dispareja con el desarrollo de la tecnología fotográfica, la cual era engorrosa y de uso exclusivo de profesionales dedicados a dicho arte. 

Era común en las familias de finales del Siglo XIX principios del Siglo XX, contratar un fotógrafo todos los años para tomar la fotografía familiar anual, la cual sería utilizada como una postal, en las llamadas “Tarjetas de Visita” (fotos reveladas, montadas delicadamente sobre un cartón grueso con un espacio en blanco, para las dedicatorias). Como su nombre lo dice, dichas fotos eran obsequiadas a las amistades y familiares que visitaban el hogar de la familia retratada.

Esa necesidad por documentar los rostros, llegó a tal punto que muchas familias contrataban a los fotógrafos para retratar a cadáveres de familiares, ataviados muy formales y en poses que buscaban esconder su Rigor Mortis. Esto era muy común con niños y bebes, victimas de pestes y enfermedades incurables, a quienes su corta vida les impidió tomarse su primera foto familiar.  Para cualquier persona en la actualidad, tan sólo pensar en ese tipos de fotos sería algo aterrador y  hasta enfermizo, y en mi caso, como fotógrafo, tan sólo de imaginarme preparando un set para una sesión fotográfica de ese tipo, creo que superaría mis límites profesionales y éticos.

Gracias al advenimiento de un vertiginoso avance en la tecnología, desde la segunda mitad del siglo pasado y que mantiene su ritmo frenético en la actualidad, se ha logrado que la fotografía esté hoy, al alcance de cualquier persona, aunado a esto, las populares redes sociales, tan en boga últimamente, han permitido documentar, de manera casi inmediata, cada segundo de nuestras vidas.
Hace poco, me llamó la atención cómo una mujer documentó su parto por Instagram y Facebook (dos famosas redes sociales) con sus seguidores, de manera simultánea, mientras se producía el alumbramiento en la bañera de su casa, es decir, las imágenes de ese neonato ya forman parte del ciberespacio desde su primer respiro, mucho antes de poder abrir los ojos y apreciar la luz por primera vez. Esto era un sueño futurista descabellado, hasta hace muy pocos años, seguramente atribuido a algún artículo de  Isaac Asimov o  quizás a una película de Stanley Kubrick o Steven Spielberg, pero hoy es una realidad que vence límites de tiempo y de espacio.
2001 Odisea en el Espacio, Director: Stanley Kubrick
Atrás quedaron historias como la de Orlando Reeves (Soldado muerto en la Segunda Guerra Seminole, cuya tumba fue encontrada junto al Lago Eola y en cuyo honor se le dio nombre a la famosa ciudad de Florida, EEUU.) que a pesar que su nombre y valentía inspiró a visionarios como Walt Disney a vencer los obstáculos naturales y construir un lugar cargado de maravillosos parques y atracciones para los turistas, su rostro es desconocido, así como la de  muchos anónimos más, cuyo paso por esta tierra, quedó en el olvido, debido a que no contaron jamás con un retrato, ni fotográfico ni pintado, que plasmara su rostro para su posterior recuerdo, y que como luz estelar, pudiese perdurar más allá de su vida terrenal.





Lago Eola

19 nov 2013

"Fuente Mágica de Inspiración"

Las personas cuando piensan en un sitio donde encontrar la paz interior, suelen pensar en resorts en playas paradisíacas, cabañas en montañas nevadas, la selva amazónica o incluso el Tíbet, pero pocas veces piensan en El Llano como una opción.  Esta vasta extensión de terreno que se extiende desde el Departamento  de Arauca en Colombia, hasta el Estado Anzoátegui en Venezuela , es una región muy fértil para la agroindustria y para la cría de ganado de todo tipo, razón por la cual, la gente suele asociar a El Llano con vacas, monte y gente simpática y dicharachera. Aunque esto sea cierto, existe algo más, es un tipo de energía especial, algo que sólo se puede experimentar y no contar con palabras.

La primera vez que visité El Llano, era muy pequeño, y como todo niño, el viaje se me hizo tedioso, aun cuando mis padres procuraban mantener mi atención distraída con el paisaje circundante a la carretera y a sabiendas de mi atracción hacia los animales, me llenaban de expectativas, con promesas de vacas, caballos, cerditos y pollitos. Mi imaginación asociaba esas imágenes con mi  granja Fisher Price, típica postal de Utah o de Texas en EE.UU.
Al llegar a la hacienda de mi tío en la población de Calabozo (Estado Guárico, Venezuela), no sentí desilusión alguna por no ver el granero pintado de rojo y blanco, ni tampoco a las vaquitas Holstein, al contrario, sentí fascinación automática por esa abundancia de naturaleza, en mis ojos sólo se reflejaba el verde infinito, la ausencia de montañas, la cantidad casi inmensurable de aves, los imponentes y briosos caballos, el ganado sigiloso y nervioso; pero en mi corazón había algo más, que por mi corta edad no lo entendía. Al regresar a Caracas, pasé gran cantidad de tiempo con una melancolía, típica del desarraigo, así conocí las canciones de Simón Díaz, compositor llanero que con gran acierto me permitía, a través de sus tonadas, hacer contacto con esas hermosas tierras.
Este enamoramiento se mantuvo con el tiempo y cada vez que tenía oportunidad de viajar al Llano, gracias a alguna invitación, mi corazón latía muy fuerte, como si fuera al encuentro de un gran amor. Una de las sensaciones que siempre he buscado en esas infinitas tierras, es la soledad absoluta. Cabalgar adentrándome en la llanura y sólo escuchar el canto de la aves, es una experiencia que mi alma agradece. Conectarse con esa energía única, sentirse vulnerable, pero a la vez respetado por la fauna que te rodea, saber que sólo eres una pieza más de esa enorme extensión de tierra, donde existe un equilibrio natural perfecto, lleno de drama y de paz a la vez, hace que mi ego prácticamente desaparezca.
Recuerdo en una oportunidad, cabalgando en una hacienda en el Estado Cojedes (Venezuela), sentir un chillido de gavilán, cuando voltee me sorprendí al ver que dicho rapaz venía volando apuntando sus garras hacia mí. Enseguida me agaché y abracé el cuello del caballo, sintiendo el vuelo rasante de dicha ave por mi espalda. El gavilán hundió sus garras en una serpiente, escondida en el monte, muy cerca de la pata del caballo, e inmediatamente alzó vuelo hacia una rama de un árbol cercano, dispuesto a comer su presa frente a mis ojos atónitos. En ese momento, descubrí que quería ser fotógrafo, aunque acababa de graduarme de publicista, inmediatamente supe, cual era mi pasión. Me sentí agradecido con Dios y con la naturaleza, por permitirme ser testigo de ese momento impresionante y a la vez frustración por no tener una cámara, con la cual pudiese registrar, para la posteridad, ese tipo de experiencias y poderlas compartir con el resto de las personas. Ese momento, para mí, fue como una iluminación, desde entonces comencé a aprender fotografía, buscando mejorar poco a poco,  ganando experiencia y actualizando mis equipos fotográficos, hasta lograr tener lo adecuado para captar ese tipo de experiencias visuales.
Pasados 15 años del anterior relato, mientras visitaba la Hacienda Terecay, cerca de San Fernando de Apure (Venezuela), durante una caminata matinal, captando la fauna con mi cámara, el Llano me devolvió gentilmente una experiencia parecida a la ya vivida, pero ahora con mi cámara pude captar parte del drama de la supervivencia en la naturaleza. Lamentablemente no capté al ave en vuelo, pero si el momento en que atrapaba una presa y luego su vigilante y poderosa mirada.


Luego de tomar las fotos, sentí el placer en mis retinas de volver a vivir, esa magia que sólo pocas personas se dan el permiso de sentir en ambientes campestres como ese.  Entendí lo que han relatado escritores como Rómulo Gallegos o músicos como Juan Vicente Torrealba o Simón Díaz en sus obras, al conectarse con esa fuente infinita de inspiración, llena de mitos, historias y leyendas. Fecundadas por la eterna soledad de las sabanas, arropadas de cánticos de aves en las mañanas y de grillos y ranas en las noches estrelladas. 



7 abr 2013

"Oasis Citadinos"


Todo aquel que  ha vivido en una gran ciudad, conoce los estragos que causan tanto la rutina como el tráfico, y si a esto le sumamos la inseguridad y el stress, sería lo más parecido a la receta de una bomba casera. A sabiendas de estos males citadinos modernos, los urbanistas y muchas autoridades municipales en el mundo, suelen reservar espacios en las urbes, donde el ser humano pueda reconectarse con la naturaleza y permitirse hacer un paréntesis dentro de sus agobiadas existencias.

Podría citar muchos ejemplos, como lo son Central Park en New York, Los Bosques de Chapultec en México D.F,  o bien El Parque El Retiro de Madrid. El caso de Caracas es muy particular, debido a que, pese a ser una ciudad con mucho verdor, gracias al majestuoso Cerro Ávila, los Parques del Este y del Oeste, el Jardín Botánico, etc. Los ciudadanos se encuentran muchas veces aislados en pequeñas comunidades y alejados de esos lugares de esparcimiento, debido a las distancias y el tráfico, siendo obligados a buscar otras opciones, más cercanas al lugar donde residen. Ejemplo de lo antes expuesto son los Jardines Ecológicos Topotepuy en el  sur-este de Caracas.
La propiedad donde hoy se encuentra Topotepuy, fue adquirida en el año 1959 por William y Kathy Phelps, como un lugar de esparcimiento para los fines de semana, en las afueras de Caracas (para el momento el Cerro El Volcán estaba alejado del Área Metropolitana). Donde además de poder relajarse, podrían poner a prueba todos sus conocimientos de Botánica, Ornitología, Jardinería y Conservacionismo.
William Henry Phelps, fue un empresario y ornitólogo Venezolano, nacido en Maturín, Estado Monagas en 1902, hijo del también ornitólogo y comerciante estadounidense del mismo nombre.
Desde muy niño se nutrió de los conocimientos y obra de su padre, llegando a trabajar junto a él, no sólo en el ámbito empresarial (fundaron empresas de telecomunicaciones como la emisora radial 1 Broadcasting Caracas y posteriormente Radio Caracas Televisión), sino también en sus exploraciones y en el campo de la Ornitología. William H Phelps padre, cartografió montañas y ríos al sur de Venezuela. Al mismo tiempo, descubrió cientos de nuevas especies tropicales de pájaros, llegó a  escribir más de 300 artículos sobre ornitología y publicó la Lista de Aves de Venezuela, siendo aún el libro más completo sobre aves de nuestro país. Este legado lo continuó su hijo Billy junto a la que sería su esposa la australiana Katherine Deery, mejor conocida como Kathy Phelps.
Los esposos Phelps, realizaron más de 40 expediciones por toda Venezuela, logrando armar, la colección privada de aves más grande de Sur América. Incluso existe una especie de ave llamado Phelpsia inornata, en honor a los Phelps. Esta ave es mejor conocida como: Atrapamoscas Barba-blanca, habita entre Colombia y Venezuela y es la única especie de su género.

A partir del año 2003, se comienza el proyecto de los Jardines Ecológicos Topotepuy, de la mano del Arq. Paisajista Ricardo Fuenmayor. Conservando el nombre que recuerda todas las expediciones de los Phelps en los tepuyes venezolanos, hoy este espacio de 4 hectáreas, es un verdadero santuario de biodiversidad y conservacionismo, dentro de una urbe que se pinta a lo lejos de sus frondosos jardines, como amenaza perenne al equilibrio delicado de su medio ambiente.


Mi Visita a Topotepuy
El pasado diciembre, tuve la dicha de visitar, junto a mi familia y mi cámara, este hermoso recinto natural. Para tal ocasión, conté con la guía del experimentado biólogo, ecologista, conservacionista y fotógrafo Leopoldo García.
Gracias a sus conocimientos de la naturaleza y del arte de la fotografía, se ha logrado documentar la mayoría de las especies de fauna y flora que habitan en este parque.  Nuestra visita se realizó un día en el que Topotepuy estaba cerrado al público, es decir fuimos privilegiados al tener para nosotros solos, esas 4 hectáreas de naturaleza y verdor. Fuimos recibidos por Dalí, una simpática cotorra Cacatúa,

la cual, como buena anfitriona, hizo gala de todas sus gracias y piruetas para beneplácito de mi pequeña hija y mi esposa. Mientras explorábamos sus jardines, yo recibía clases magistrales de fotografía, por parte de Leopoldo. Mientras tanto, mi hija aprendía sus primeros pasos de fotografía con su pequeña camarita tipo ¨tablet¨ y mi esposa recorría fascinada ante tanto verdor, acompañadas siempre, con el trinar escandaloso del Querrequerre.

Luego de documentar con mi cámara la visita y captar hermosos efectos que da la luz natural sobre las hojas y flores, fuimos a conocer a los verdaderos protagonistas de estos jardines: Los Colibríes.   La experiencia de captar fotos a los colibríes o tucusitos, rodeado por el zumbido de su vuelo, es indescriptible. Uno siente una energía distinta en el ambiente. El lenguaje cambia, pasa de ser fonético a ser gestual. Nuestros movimientos empezaron a tornarse más cautelosos y delicados, el asombro y la fascinación, se apoderaron de nuestros rostros, tanto, que hasta me costó mucho concentrarme en la técnica fotográfica (la velocidad y la apertura correcta).


Luego de recibir varias recomendaciones de Leopoldo, comencé a captar con mi lente a estas fascinantes aves, alimentándose en los bebederos. Combinar una correcta velocidad en la cámara y una apropiada apertura del diafragma, en esta ocasión, fue realmente un reto, debido a la impresionante rapidez del vuelo de los colibríes y de los cambios de iluminación que ocurren, cuando súbitamente penetran los rayos de Sol entre las hojas de los árboles. Leopoldo en su blog explica didácticamente esta experiencia y cómo se deben realizar dichas fotos: http://www.digitalcameraadventures.blogspot.com/2011/09/los-colibries-y-como-fotografiarlos.html
Después de fotografiar a los colibríes, seguimos nuestro paseo, internándonos hasta un área boscosa, donde encontramos una gruta con la figura de La Virgen María. Luego fuimos hasta un área abierta, donde pude tomar fotos panorámicas de la Ciudad de Caracas, pero en ese momento descubrí que había otro comedero de colibríes y decidí seguir tomando fotos a estas simpáticas aves.
Sentía, y aun lo siento, que nunca son suficientes, las capturas fotográficas que pueda tener de estas aves. Mientras realizaba las fotos, me sorprendió ver junto a ellas, una cámara de video tipo ¨web-cam¨ y más aún, saber que dicha cámara, está conectada todo el día por Internet, y se puede visualizar a través de su página web: http://topotepuy.com/colibries-en-vivo/

Al terminar esta serie de fotos, nos retiramos de Topotepuy con una sensación muy grata, como aquel que consigue un verdadero oasis dentro de una selva de concreto.